
En los albores de las andaduras civilizadoras, se entendió que los asentamientos humanos debían de ubicarse en el litoral y por tanto abandonar, de forma paulatina, los interiores de una superficie sólida que aun no se había decidido llamarle tierra. La cercanía a un medio acuoso inmenso, que seguro no se le llamaba mar, hizo comprender rápidamente los beneficios que traía consigo la idea. Más y mejores recursos, facilidad de obtenerlos y de comunicación con territorios susceptibles de conquistar o de establecer relaciones comerciales, fueron las causas que hicieron progresar y crecer a las grandes comunidades humanas en las costas de todo el planeta.
Actualmente ya son pocos los beneficios que se obtienen de tener a la humanidad concentrada en los litorales, pero no podemos culpar a las primeras civilizaciones de las decisiones tomadas para subsistir y perpetuar su existencia.
Un cambio de rumbo es necesario para dar alivio a un litoral atestado de gente, cemento, contaminación y una cantidad de innumerables problemas que afectan a los biorritmos naturales de la Tierra. Es necesario y se lo debemos por habernos acogido tanto tiempo, con tanta generosidad y resignación.
Uno de los problemas más acuciantes, que está en primera línea mediática, es el deshielo de los polos. Es un tema que, con ciertas dosis de hipocresía, preocupa. Y digo esto debido al tratamiento que se le da algunas veces; como si habláramos del estreno de la última película con los mejores efectos especiales del momento.
Las previsiones a medio y largo plazo, realmente son alarmantes. Desde luego lo más espectacular son la crecidas del nivel de mar y los efectos que podrá provocar. Pero creo que cabe matizar el tema y con lo cual nos podemos apartar del alarmismo que conlleva difundir previsiones sensacionalistas.
Los comportamientos naturales, en su sabiduría, digamos que ya tiene previstas una serie de cosas que obviamos a menudo o casi siempre. Si hacemos un rescate y analizamos el principio de nuestro querido amigo Arquímedes de Siracusa (c. 287 a. C. - c. 212 a. C.), el cual afirma que todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso del fluido desalojado, llegaremos a la conclusión de que el hielo polar existente como agua de mar helada – la mayor parte ubicada en el polo norte – no tiene que afectar a la alteración del nivel del mar; es decir, ya ocupa un volumen en los océanos que se mantendría en caso de derretirse, solamente cambiaria de estado sólido a líquido. Donde si tenemos un problema de proporciones apocalípticas es en el hielo soportado por las masas continentales de Groenlandia en el norte y el polo antártico en el sur. El hielo de esas zonas en su mayor parte es agua dulce. Además de provocar cambios en la salinidad y las corrientes marinas que regulan el clima planetario, el deshielo, esta vez si, repercutiría en el aumento de nivel, dado que su vertido a los océanos incrementaría el volumen de agua contenida en ellos.
Si somos capaces de restringir, o mejor detener, el deshielo polar a las áreas no continentales, podemos decir que disfrutaremos de unas costas en las que no veremos como el agua nos invade. Por tanto tenemos que entender que el esfuerzo aliviará la preocupación de todos los que viven cerca del litoral. Seria bueno ponernos manos a la obra y corresponder a la naturaleza aliviándola de esa presión demográfica que sufren las orillas del mundo.